jueves, 4 de agosto de 2011

La filosofía de Bertrand Russell

Lógica, matemáticas y lenguaje cotidiano

A pesar de que Russell sintió interés por la filosofía desde muy joven (sobre todo por la filosofía de Leibniz y por la interpretación británica de la filosofía de Hegel) fue sólo después de haber desarrollado su proyecto lógico-matemático, y en estricta vinculación con éste, que dio forma a su filosofía. Al igual que Frege, Bertrand Russell creía que las matemáticas podían ser reducidas a la lógica y por ello dedicó los primeros años de su juventud a dicha tarea. El resultado de ello fue su obra de tres volúmenes Principia Mathematica escrita en conjunto con el también filósofo y matemático Alfred North Whitehead.

Una de las tareas de la reducción consistía en revelar la forma o estructura lógica de los enunciados matemáticos. Ya en esa tarea Russell se topó con varios problemas que discutió con su colega Gottlob Frege mediante correspondencia. A medida que trabajaba en los Principia Mathemática, Russell se fue convenciendo de que la mayoría de dificultades que encontraba en su tarea de reducción se debía a la imprecisión y ambigüedad tanto de las matemáticas como de los lenguajes naturales. Cuando los enunciados de dichos lenguajes eran parafraseados en términos de la lógica, dichas imprecisiones y ambigüedades, imperceptibles en un principio, quedaban reveladas. No era fácil, sin embargo, dar con la paráfrasis adecuada. Por lo general ello implicaba un serio trabajo de reflexión filosófica que, en el caso de Bertrand Russell, dio origen a dos de sus teorías semánticas más importantes, a saber: la teoría referencial de los nombres propios y la teoría de las descripciones.

La teoría referencial de los nombres propios

A lo largo de su carrera como filósofo e intelectual Russell tuvo varios cambios o giros en su pensamiento. En los años en los que escribía los Principia Mathematica aceptaba la distinción de sentido y referencia para las descripciones definidas pero no para los nombres propios, pues, estos, según él, sólo tienen referencia. Las descripciones definidas son expresiones que empiezan con artículos definidos como “el” o “la” seguidas de un término general (o una expresión que pueda funcionar como tal) y que pueden servir  como sujeto gramatical de una oración. Así, son descripciones definidas: “el escritor de 100 años de Soledad,” “el perro de los ojos cafés,” “la mujer vestida de rosado,” etc. Frege aceptaba la distinción sentido-referencia no sólo para estas expresiones sino también para nombres propios como “Sócrates” “Aristóteles” y “Pegaso.” La tesis de Russell en estos años, en cambio, es que la distinción es aceptable para las descripciones definidas, pero inaceptable para nombres propios como los ya ejemplificados.

Sin embargo, más adelante Russell cambiará de posición: por un lado, considerará que expresiones como “Sócrates” y “Aristóteles” no son genuinos nombres propios sino abreviaciones de descripciones definidas (según él las expresiones más parecidas a nombres propios genuinos en nuestro idioma son palabras como “esto” “eso” o “aquello” aunque mantiene su posición de que los nombres propios no tienen sentido sino sólo referencia). Por otro lado, Russell dejará de aceptar la distinción fregeana entre sentido y referencia. No la aceptará para ninguna expresión, ni siquiera para las descripciones definidas. Trataremos de ello más adelante. Por ahora nos concentraremos en la afirmación de Russell de que los nombres propios como “Sócrates” y “Aristóteles” suponiendo que sean propios, no tienen sentido, pero sí referencia. Veamos, pues,  la teoría referencial directa de los nombres propios de Russell.

La discusión se desarrolla en oposición a la visión de Frege. Tanto para éste como para Russell la función de los nombres propios es hacer referencia a un individuo en particular, no a uno cualquiera, sino a uno en especial, uno distinto de todos los demás. Ahora bien, para Frege los nombres propios tienen sentido y a veces referencia, siendo la función del sentido fijar la referencia del nombre en caso de que la haya. Eso significa que los sentidos de los nombres propios deben bastar para seleccionar sólo a un objeto, al único objeto que cumple con los rasgos contenidos en el sentido. Así, pues, el sentido de un nombre propio como “Aristóteles” quedaría expresado en descripciones como las siguientes: “el maestro de Alejandro Magno” o “el inventor de la lógica” o “el alumno de Platón” o “el autor de la Metafísica.” Cualquiera de esas descripciones o la conjunción de todas ellas podría servir para expresar el sentido del nombre “Aristóteles.” Lo importante es que sea suficiente para reconocer al único objeto que cumple con la descripción, si es que existe. En caso de existir dicho objeto, el nombre “Aristóteles” no sólo tendría sentido sino también referencia.

Russell se opone a esa idea. En su opinión, el significado de un nombre propio no puede consistir en su sentido, y tiene varias razones para ello. La más importante es que podría haber más de un objeto que se ajustara a las descripciones que expresan el sentido del nombre, por lo cual éste no cumpliría con su función principal: seleccionar a un objeto en particular. Por ejemplo, la descripción “el alumno de Platón” es una descripción que también es aplicable a Espeusipo. Esa sola descripción, pues, no sirve para reconocer o identificar sólo a Aristóteles caso de que existiera. Y lo mismo podría suceder con todas las demás descripciones de Aristóteles. Siempre será posible que haya dos o más individuos que cumplan con el mismo conjunto de descripciones. De manera que una descripción o un conjunto de descripciones no nos sirve para identificar o reconocer a un objeto y sólo a uno, no nos sirve para fijar la referencia y se supone justamente que la referencia de un nombre propio es una en especial. Por esa razón Russell descarta los sentidos como parte constituyente del significado de los nombres propios, estos sólo tienen referencia y ésta es fijada cuando delante del objeto en cuestión damos su nombre, es decir, cuando al ver a Aristóteles lo señalamos y decimos: “Aristóteles.”

En esta versión, sin embargo, la teoría de Bertrand Russell presenta una dificultad. Aristóteles no existe actualmente y, por lo tanto, si el significado de la palabra “Aristóteles” es su referencia, resulta que esa palabra no tiene significado. Y, por esa razón oraciones como “Aristóteles es un filósofo” carecen también de significado, pues no hay nada a lo que se refiera la palabra “Aristóteles.” Esta dificultad lleva a Russell a un cambio de posición, mencionado más arriba. En su opinión, expresiones como “Aristóteles” no son nombres propios genuinos sino abreviaciones de una serie de descripciones. Pero las descripciones NO son nombres propios y por lo tanto su significado NO es su referencia. De ello se deriva que el significado de expresiones como “Aristóteles” no es su referencia, pues, en realidad, no son genuinos nombres propios. Ahora bien, si “Sócrates,” “Aristóteles,” “Pegaso,” etc., no son genuinos nombres propios ¿qué expresiones, en opinión de Russell, sí lo son? Según él lo más parecido a nombres propios en nuestro lenguaje son expresiones como “esto” “eso” “aquello” etc., puesto que siempre que usamos esas expresiones no sólo está garantizada la existencia del objeto indicado con ellas, sino que no nos estamos refiriendo a ninguna otra cosa. El significado de esas expresiones, cuando las usamos, es su referencia en el momento en que las usamos y nada más. La consecuencia de esto es que si un nombre no tiene referencia entonces no tiene significado y las oraciones en las que el nombre aparece carecen de significado. Esta concepción de Russell ha recibido fuertes críticas por otros filósofos del lenguaje, pero constituye una parte medular de su filosofía.


La teoría de las descripciones

La afirmación de Russell de que expresiones como “Sócrates” o “Aristóteles” son abreviaciones de descripciones lo dejan muy cerca de la posición fregeana de que el sentido de dichas descripciones constituye el sentido de aquellas expresiones. La diferencia entre ambos, al menos hasta este punto, es la siguiente: para Frege expresiones como “Sócrates” y “Aristóteles” son nombres propios genuinos y sus sentidos, que son los de las descripciones asociadas con ellos, bastan para fijar sus referencias. Para Russell los sentidos de expresiones como “Sócrates” y “Aristóteles” son los sentidos de las descripciones que dichas expresiones abrevian, al igual que para Frege, pero esos sentidos no bastan para fijar la referencia de dichas expresiones. Por esta última razón aquellas expresiones no pueden ser consideradas nombres propios genuinos sino descripciones encubiertas.

Hasta aquí Russell acepta la distinción sentido-referencia, sólo que considera que los genuinos nombres propios no tienen sentido sino sólo referencia. Más adelante, sin embargo, Russell rechazará la distinción fregeana de sentido y referencia para todas las expresiones, incluyendo las descripciones, y lo hará mediante su teoría de las descripciones definidas.

Ya sabemos lo que es una descripción definida. También sabemos las razones por las cuáles Frege crea la distinción entre sentido y referencia, a saber, para explicar las diferencias entre oraciones como las siguientes:

1. “El autor de 100 años de Soledad es colombiano”
2. “El premio nobel de literatura del año 1982 es colombiano”

Aunque ambas oraciones se refieren a la misma persona: Gabriel García Márquez, tienen diferencias semánticas relativas a sus sentidos. El sentido de la descripción “El autor de 100 años de Soledad” es distinto del sentido de la descripción “El premio nobel de literatura del año 1982.” Por eso, aunque ambas oraciones se refieren a lo mismo no significan lo mismo y la razón por la que no lo hacen NO se debe a su referencia sino a sus sentidos. Frege, además, considera que descripciones como las que acabamos de mencionar son términos singulares que funcionan de la misma manera que los nombres propios: su función principal es referirse a un individuo en especial, por eso para él esas oraciones son singulares. En caso de que no haya dicho individuo, el enunciado total no se referiría ni a lo verdadero ni a lo falso, simplemente no tendría referencia.

En la nueva concepción de Russell las descripciones definidas no son términos singulares cuya referencia, caso de que la hubiera, fuera un objeto en particular, sino expresiones complejas que afirman la existencia de un sólo objeto al cual se aplican los rasgos recogidos en la descripción, pero sin especificar a cuál de todos esos objetos se aplican esos rasgos. He ahí la primera diferencia con Frege. Así, las descripciones de las oraciones 1 y 2 no refieren a un objeto en particular, apuntan a uno pero no especifican con exactitud a cuál. La primera nos dice que hay alguien que escribió la novela 100 años de soledad y que sólo una persona en el universo cumple con esas características, pero no nos dice cuál, deja sin especificarnos cuál. Lo mismo con la segunda: nos dice que hay alguien que ganó el premio nobel de literatura en 1982 y que sólo una persona ganó ese nobel en ese año, pero no nos dice cuál de todas. Para saber cuál tendríamos que ver a esa persona, tendríamos que conocerla o haberla conocido directamente, pero la sola descripción no nos basta.

La segunda diferencia que tiene Russell con Frege a partir de su teoría de las descripciones es que para dar cuenta de la diferencia que hay entre las descripciones de las oraciones 1 y 2 no se requiere para nada de la distinción sentido-referencia. Las oraciones 1 y 2 serían diferentes, según Russell, no porque el sentido de sus descripciones sea distinto, sino porque las partes que componen a ambas descripciones son diferentes. Con ellas sucedería algo análogo a lo que sucede con las expresiones: “criatura con corazón” y “criatura con riñón.” Ambas expresiones se refieren a las mismas cosas (los mismos animales) pero difieren, según Russell, no en sus sentidos, sino en el hecho de que la palabra “corazón” cuando aparece sola se refiere a una parte del cuerpo diferente a la que se refiere la palabra “riñón” cuando aparece sola. Así, pues, las descripciones de las oraciones 1 y 2 refieren a lo mismo, pero se distinguen no porque tengan sentidos diferentes, sino porque sus partes componentes por si solas refieren a cosas distintas; en efecto, una cosa es ser el autor de un libro y otra ser el ganador del premio nobel.

La teoría de las descripciones de Russell se distingue también de la de Frege en el análisis de otras oraciones que tienen descripciones y que Frege no consideró con detenimiento. Por ejemplo: “el rey de Colombia” o “el hombre que escribió la Biblia” En el primer caso no hay un individuo que sea rey de Colombia. En el segundo caso hay más de un hombre que escribió la Biblia. Para Frege un enunciado como “El rey de Colombia es moreno” no se referiría ni a lo verdadero ni a lo falso porque no hay un individuo al que corresponda la descripción “el rey de Colombia.” Pero esto es porque para Frege las descripciones son términos singulares. En cambio, para Russell dicha descripción no es un término singular sino uno general que puede expresarse mejor así: “hay alguien que es rey de Colombia y sólo uno lo es” Así, pues, una oración como “el rey de Colombia es moreno” puede parafrasearse como “hay alguien que es rey de Colombia y sólo uno es rey de Colombia y, además, es moreno” este enunciado es falso porque no hay un rey en Colombia; por esa misma razón el primer enunciado es falso. En cambio para Frege el primero no era ni verdadero ni falso. Por otro lado, una descripción como “el hombre que escribió la Biblia” sería parafraseada por Russell como “hay un hombre que escribió la Biblia y sólo uno escribió la Biblia…” Así el enunciado: “el hombre que escribió la Biblia es barbado” sería falso porque es falso que un sólo hombre haya escrito la Biblia. En cambio, en la versión de Frege no habría manera de comprender ese enunciado.

Aplicación de la teoría de las descripciones

Tanto en el caso de los nombres propios como en el caso de las descripciones el lenguaje nos lleva, según Bertrand Russell, a confusiones. Los nombres propios del lenguaje cotidiano no son en realidad nombres propios y las descripciones definidas no son en realidad términos singulares. Pero el lenguaje cotidiano nos hace creer que es así y ello nos lleva a enredos que la filosofía debe deshacer. Uno de esos enredos es el famoso argumento ontológico. Según este argumento Dios existe porque es el ser más perfecto y existir es más perfecto que no existir. El argumento parece presuponer que “existe” es una propiedad y que el ser al que nos referimos con el nombre “Dios” tiene esa propiedad. El análisis de Russell lleva el siguiente curso:

Si “Dios” es un genuino nombre propio con significado entonces tiene referencia y no es la abreviatura de una descripción. Ahora bien, si tiene referencia, significa que Dios existe y decir que “Dios existe” es redundante. Por otro lado, decir “Dios no existe” sería contradictorio, sería tanto como señalar a un perro que estamos viendo y decir que no existe. En ambos casos el argumento ontológico sería innecesario. Es obvio, sin embargo, que no podemos señalar a Dios, nadie lo ha visto ni lo conoce directamente. Eso significa entonces que “Dios” no tiene referencia y que, por lo tanto, “Dios existe” no tiene significado, es absurdo. Así, pues: o “Dios existe” no tiene significado o tiene significado pero “Dios” no es un genuino nombre propio sino una descripción encubierta.

Por otro lado, si “Dios” es una descripción encubierta entonces puede parafrasearse como “ser todopoderoso, omnisciente, omnipresente” y si la existencia es una propiedad, entonces “Dios existe” se parafrasearía como “hay un único ser que es todopoderoso, omnisciente, omnipresente y ese ser existe” lo cual es redundante. Por otro lado, “Dios no existe” sería ambiguo, pues, podría parafrasearse como: “hay un único ser que es todopoderoso, omnisciente, omnipresente y ese ser no existe” que es autocontradictorio (pues dice que hay un ser que es dios y luego dice que ese ser no existe); o como: “no hay un único ser que sea todopoderoso, omnisciente, omnipresente y que exista” que es redundante y afirma la existencia de más de un Dios. Todas estas complicaciones se derivan, en opinión de Russell, de suponer que la existencia es una propiedad.

Por las anteriores razones Russell considera que “existe” no es una propiedad. La consecuencia inmediata de ello es que no puede incluirse la existencia entre las propiedades más perfectas y, por lo tanto, que la frase es mejor existir que no existir no tiene significado pues diría algo así como “es mejor que haya algo QUE a que no haya algo QUE” en ambos casos se trata de una expresión incompleta equivalente a una oración como “Juana va hacia” si no digo hacia dónde va Juana, no he dicho nada. Finalmente, Russell pone de relieve que tomar “Dios” como una descripción encubierta complica las traducciones. Considera que “dios” no es ni una descripción, ni un nombre propio, sino un término general. Así, la mejor paráfrasis para “dios existe” es simplemente “hay algo que es dios” en donde la palabra “existe” queda recogida en la expresión “hay” y la expresión “dios no existe” dirá simplemente “no hay un ser que sea dios” que significa simplemente que no hay dioses.  

Atomismo Lógico, Conocimiento Directo y Conocimiento por Descripción.

Encontrar tantas dificultades en la tarea de traducción (paráfrasis) del lenguaje matemático y cotidiano al lenguaje lógico hizo que Russell se hiciera a la idea de que ambos lenguajes eran imperfectos. Esta idea lo llevó a pensar, entonces, en los rasgos o características de un lenguaje perfecto. La cuestión para él era importante, pues, en la medida en que los rasgos de ese lenguaje quedaran bien delimitados, también lo quedaba la estructura del mundo. Su respuesta fue: un lenguaje perfecto es uno que contenga los símbolos de la lógica y cuyos predicados y nombres no sean ni vagos ni ambiguos, es decir, sólo tengan un significado. Clasificó las oraciones en tres: las singulares, también llamadas proposiciones atómicas por ser las más simples, compuestas de un nombre y un predicado, y las generales, entre las cuales incluyó las oraciones que contienen descripciones, las oraciones existenciales y las de cuantificación universal en cualquiera de sus versiones (negativas, afirmativas, con predicados simples o relacionales). Todas estas oraciones, a su vez, se combinaban con otras para formar otras más complejas (proposiciones moleculares), pero en últimas todas ellas debían reducirse o estar vinculadas de algún modo con oraciones singulares.

Del mismo modo que ocurría con las oraciones, pensaba Russell que ocurría con la realidad. Debe haber una serie de hechos básicos, hechos atómicos, que se combinen según ciertas reglas (reglas lógicas) para dar lugar a los demás hechos (esta es la tesis fundamental del atomismo lógico). Los hechos atómicos eran, pues, expresados por las proposiciones atómicas y compartían con ellas, como lo diría Wittgenstein en el Tractatus, la forma lógica. Faltaba, sin embargo, por aclarar el estatuto de un hecho atómico y esto sólo podía hacerse mediante el análisis de las proposiciones atómicas. Si una proposición atómica está compuesta por un nombre y un predicado ¿a qué hace referencia el nombre?, ¿de qué cosa es atributo el predicado?, ¿qué clase de entidad es esa cosa?

De nuevo aquí Russell opone un lenguaje ideal a un lenguaje cotidiano. Una oración como “Carlos es moreno” podría tomarse como una proposición atómica, sin embargo, en opinión de Russell no lo es, porque el nombre que forma parte de una proposición atómica hace referencia a un objeto conocido directamente, mientras que los nombres usados en oraciones como “Carlos es moreno” son en realidad abreviaciones de descripciones definidas. Siendo esto así, se presentan dos preguntas: la primera, ¿a qué hacen referencia los genuinos nombres propios? y la segunda, ¿a qué hacen referencia los nombres del lenguaje cotidiano o a qué clase de cosas se aplican los predicados del lenguaje cotidiano y de la ciencia? La respuesta a la primera pregunta es inequívoca para Russell: los genuinos nombres propios hacen referencia a datos sensoriales y sólo a ellos. La respuesta a la segunda no es clara, pues a veces Russell sostiene una postura realista afirmando que los nombres propios y los predicados del lenguaje cotidiano y de la ciencia hacen referencia a objetos externos de existencia independiente; y a veces sostiene una postura fenomenalista afirmando que dichos objetos no son más que construcciones teóricas a partir de datos sensoriales (lo único verdaderamente existente) y que, por lo tanto, sus nombres no son más que abreviaciones de descripciones definidas que recogen dichas construcciones.

Como consecuencia de los problemas ontológicos antes expuestos, a Russell se le presentan los problemas de corte epistemológico. ¿Cómo podemos conocer la referencia de un genuino nombre propio? ¿De qué modo conocemos los objetos a los que se hace referencia en el lenguaje cotidiano o en las teorías científicas? La respuesta a estas preguntas está basada en la famosa distinción epistemológica, hecha por él, entre conocimiento directo o por contacto y conocimiento indirecto o por descripción.

Según Russell, una cosa es saber que una y solo una cosa cumple con ciertas características, y otra cosa es saber cuál es esa cosa. Podemos saber lo primero sin saber lo segundo. En las descripciones definidas sabemos que una y sólo una cosa cumple con la descripción, pero no por ello sabemos cuál es. Para saber cuál es esa cosa no basta con saber que dicha cosa existe y que cumple con la descripción, debemos, además, tener un contacto directo con ella, mejor dicho, debemos tener una experiencia sensorial de ella. Por lo tanto, una cosa puede ser conocida, según Russell, de dos maneras: una, teniendo una experiencia sensorial de ella (conocimiento directo o por contacto) y otra, conociendo una serie de características que sólo ella posee (conocimiento por descripción). La mayoría de nuestro conocimiento de objetos es, según Russell, conocimiento por descripción, pero, según adopte el realismo o el fenomenalismo, cambiará la interpretación y la forma en que comprendemos la noción de objeto en Bertrand Russell.

Desde el punto de vista del realismo, los datos sensoriales son lo único que podemos conocer directamente. Los objetos del mundo externo, según Russell, son conocidos sólo a través de dichos datos, pero tienen una existencia independiente de nuestra conciencia. En ese sentido, dichos objetos son conocidos indirectamente y las palabras que a ellos refieren son, en realidad, abreviaciones de descripciones que, en último término, están relacionadas con datos sensoriales. Así, la verdadera naturaleza de los objetos del mundo externo no nos es accesible directamente sino a través de los datos sensoriales y de las descripciones teóricas que hacemos de esos objetos. 

Desde el punto de vista fenomenalista, también son los datos sensoriales lo único que podemos conocer directamente. Sin embargo, los objetos del llamado mundo externo en realidad no son más que construcciones teóricas. No hay objetos que causen o produzcan las sensaciones desde el punto de vista fenomenalista; estos objetos son más bien producto de una elaboración teórica o conceptual; son un resultado. Conocer dichos objetos no es más que comprender los vínculos que tienen dichas construcciones con lo que nos es conocido directamente, es decir, con los datos sensoriales. Así, los nombres de objetos cotidianos abrevian descripciones que en últimas expresan todo lo que hay que saber sobre los objetos.