martes, 9 de noviembre de 2010

El lugar de la coerción en la educación

Hay en el sentido común dos creencias relativas a la educación que es prudente considerar: la primera, que la única forma adecuada de educar es mediante la coerción; la segunda, que ésta jamás debe emplearse en la educación. Como intentaré demostrar en las líneas siguientes, ambas creencias son igualmente insensatas. Si bien no todas las acciones coercitivas son convenientes a la hora de educar, tampoco es cierto que sea posible una educación sin las mismas. Aquí, como en muchos otros asuntos, el punto medio es lo mejor: acudir a la coerción cuando las demás estrategias fallen y aplicarla en su justa medida.

La coerción en educación hace referencia a acciones como el castigo físico (golpes, trabajos excesivos), expresiones verbales lacerantes (insultos, humillaciones, amenazas, regaños) y otras sanciones más moderadas (como la realización obligatoria de actividades tediosas o la indefectible pérdida de beneficios). El fin último de la coerción en educación es hacer que la persona no cometa ciertos actos -aquellos que son prohibidos, pero que a ella le gusta hacer- o que lleve a cabo algunos -los que son su deber, pero que no le gusta hacer.

Durante mucho tiempo la coerción fue la norma dentro de las estrategias educativas. Algunos de nosotros alcanzamos a recordar los reglazos, insultos y humillaciones que teníamos que padecer cuando no cumplíamos con nuestras obligaciones en el colegio. Sin embargo, investigaciones psicológicas demostraron que estas acciones generaban individuos inseguros, resentidos, agresivos, dependientes de la autoridad y la vigilancia para cumplir con su deber. Además, al profundizar en el tema, se descubrió que muchos profesores aprovechaban su poder de coerción para disimular su incompetencia, vengarse de alumnos incómodos y obtener algún favor o beneficio indebido de parte de ellos. De ahí que la psicología, por un lado, y las instituciones políticas, en países que confieren un grado significativo al respeto y la libertad, hayan intervenido en la educación, prohibiendo ciertas formas de coerción y trazando límites en el trato entre alumnos y profesores. Pero muchos padres y educadores se pusieron del otro lado de la balanza, volviéndose permisivos, condescendientes y demasiado blandos, creyendo que de esa forma obtendrían estudiantes autónomos, seguros de sí mismos y equilibrados.

La educación que no recurre a ninguna acción coercitiva suele conducir al fracaso. Hay, por supuesto, estudiantes que salen adelante no importa si se emplea o no con ellos la coerción. Pero la norma es que el estudiante termina haciendo algo muy distinto de lo que se le enseña. No importa que conozca las razones por las cuáles debe obrar de un modo y no de otro, no importa cuántos consejos le hayamos dado, si no se ejerce la coerción con él cuando infringe las normas, termina haciendo lo que quiera. El niño y el joven suelen carecer de las habilidades necesarias para hacer lo que deben renunciando a lo que les gusta; por eso, mientras adquieren esas habilidades, debe conducírseles a veces con consejos y a veces con firmeza.

Hay muchos argumentos a los que podemos acudir para defender algunas formas de coerción en la educación. Instituciones y personas experimentadas saben perfectamente que algunos elementos coercitivos son necesarios para lograr que las personas se ajusten a los parámetros establecidos. Incluso las sociedades mismas deben incorporar algunos de esos elementos para funcionar adecuadamente, pues no faltan individuos que no responden ni a la persuasión ni a las recompensas. Por si las dudas, sin embargo, basta ver los resultados que en Colombia ha tenido la filosofía de la permisividad, de la tolerancia con la indisciplina y el irrespeto: bajos niveles académicos, profesionales de medio pelo, un país con falta de criterio, amante de las soluciones fáciles e ineficaces.

Los golpes, las laceraciones físicas, los trabajos excesivos en condiciones penosas, las humillaciones, los insultos e intimidaciones fueron desterrados por los investigadores como formas de coerción aceptables en educación, pues lo que se desea son individuos autónomos, optimistas y seguros de sí mismos. Sin embargo, otras formas coercitivas fueron aceptadas: trabajos desagradables, pero moderados, pérdida de beneficios, advertencias, reprensiones, exigencias, sin acudir a humillaciones o insultos. Estudios hechos por la psicología conductista mostraron que los estímulos desagradables (las sanciones o castigos) podían ser empleados para extinguir conductas o, cuando el individuo debía elegir entre dos estímulos así, para motivarlas. De ahí que no se desterrara del todo la implementación de la coerción en la educación. Sin embargo, se recomendó que la aplicación de la misma viniera acompañada de ciertas restricciones, pues los conductistas advirtieron que un exceso de ella, así como el no dar razones o explicaciones para hacerle entender a las personas sus faltas antes o después de aplicar los castigos, podía hacer que los individuos se volvieran resentidos, agresivos, rebeldes en grado sumo, y con el tiempo presentaran cierta indiferencia ante las sanciones. Por eso el castigo se estableció como último recurso, siempre acompañado de reflexión, que debía aplicarse inflexiblemente y de inmediato, para obtener de él los resultados esperados.

Sorprende, sin embargo, que haya personas que todavía defienden la aplicación de castigos extremos, cuyas nefastas consecuencias ya han sido demostradas. También sorprende el otro extremo, el de las personas que consideran que ningún tipo de coerción es benéfico ni logra el objetivo de tener a personas bien formadas. Cualquier educación que tenga como objetivo serio la formación integral de las personas debe aplicar sabiamente las estrategias coercitivas. Pero la sabiduría en la aplicación de las mismas no es algo que se alcance de la noche a la mañana y su éxito depende de factores que no siempre tienen que ver con la autoridad o la capacidad de quien inflige los castigos; cada padre y madre, cada maestro y cada institución debe ir encontrando la forma o el equilibrio a punta de ensayo y error, de intentar ésta o aquella estrategia. También debe complementar sus estrategias con formas de educación más positivas, apelar a motivadores distintos del castigo, enfocarse más en los premios, hacer un mayor trabajo persuasivo. Seguramente, si hacemos esta tarea pacientemente, no tendremos que quejarnos mañana de los problemas que nos agobian en el presente y haremos de éste, sin duda, un lugar mejor.